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sábado, 4 de febrero de 2017

TIERRA BATIDA

El sentido común ha perdido. La ignorancia ha vencido al sistema. La ignorancia ha vencido al sistema común. La ignorancia ha vencido al sentido común. Ilustres ignorantes llamaba él a los votantes de derecha. Ilustres ignorantes que habían acabado con el sistema, con el sentido común, representado por la izquierda. En su mente el sentido común era la izquierda y la gente sin sentido común era la gente de la derecha. España estaba gobernada por personas sin sentido común votadas por personas sin ningún sentido común. Ese era su análisis de él, él siempre hablaba desde la supuesta superioridad moral de la izquierda. Me daba cuenta de que me costaba trabajo poder llegar hasta dónde él quería llevarme porque tampoco trataba de convencerme y sólo quería hacerme partícipe de una realidad, de una verdad que era su verdad y su forma de entender la vida, y su forma de entender España. Recuerdo aquella conversación fugaz, en un bar muy caro de precios altos donde rojos de salón se paseaban con sus títulos y flamantes estudios para echar su cultura cómo un arma arrojadiza contra el ignorante y el ignorante era el que apoyaba al gobierno, el que había votado a la derecha. Gente bien pertrechada y con una cabeza bien amueblada había llegado a entender que la derecha era sólo ignorancia. No se comprendían de ninguna manera los catorce millones de votos que llegó a tener en su día la derecha española, ni los ocho millones de votos o poco más que había cosechado recientemente. No se entendía ni se podía entender, pero tampoco se quería y todo quedaba en negro, un borrón, un sueño y un estupor y una suerte de amenaza proferida y un resquemor contra el otro español, contra el sistema creado de cosas, desde una visión cerrada que no quería ni podía dialogar y sólo quería imponer, la supuesta moralidad superior de la izquierda se había convertido en una especie de dictadura también y en una especie de dictadura de la razón y el sueño de la razón produce monstruos. Convertidos, fes de carbonero y cabras locas. María José, sus dientes brillaban en la oscuridad de la discoteca. Trece para cada uno había dicho mi amigo al contar las chicas del local. Éramos muy jóvenes y estábamos en una fiesta de algún instituto. Nos gustaba María José, hablábamos con ella y sus dientes brillaban en la oscuridad. Bebíamos zumo de Kiwi con ginebra y el líquido verde fosforescente también brillaba en la oscuridad de la discoteca. Fue entonces un día muy mágico, muy feliz. Mirábamos a las chicas, las pedíamos un cigarrillo, hablábamos de dónde éramos, dónde estudiábamos y cosas así. Nos dábamos a conocer.
Han pasado treinta años. Siempre somos las mismas personas, lo que somos no se puede cambiar.
Todo lo que somos, todo lo que hemos sido, eso no se puede cambiar.
De alguna manera lo pienso pero no lo lamento, hay una extraña justicia en todo ello, una justicia que deberíamos conocer.
¿Por qué somos de la manera que somos? No lo sé. Somos un producto, un producto de muchos años siendo de la misma manera...¿Y qué significa cambiar? Significa hacer cosas nuevas o tratar de hacer cosas nuevas siendo los de siempre, el resultado si no es molesto tiene su peso. Todo lo podemos descubrir. Descubrir de nuevo. Hay algo que está por encima de nuestra voluntad y es otra voluntad operando en la nuestra. Todo es sencillo así. Todo es sencillo de entender así. 
No saber qué es lo mejor y no poder saberlo, los recuerdos de cuándo vivía en un apartahotel regresan. Son los recuerdos de una vida vivida con mayor libertad. Ahora es otra vida y es otra vida durante días y a veces es una gran verdad y a veces es una gran prueba. Buscar lo último es buscar lo próximo que hacer y luego vienen las preguntas, las preguntas que te haces a todas horas. Dos minutos leyendo algo en un blog y luego otros dos minutos haciendo lo mismo. Sin duda es una forma de estar en el mundo. Parece todo muy sencillo y luego todo parece muy complicado. Una situación que no cambia, una situación que se mantiene estable. La persona que eres y la persona que has dejado de ser. La bienvenida a otro estado de cosas y no querer ver la televisión y no querer ir al cine y leer siempre los mismos libros aunque encuentras uno nuevo y lo lees, entonces echas de menos los otros libros. Quizás hacer deporte. Hacer ejercicio. El Reino de Granada. Recuerdos del Reino de Granada. Pasas de todo y sabes que ya no puedes pasar de todo. Excentricidades. Excentricidades y relatos. Voy y vuelvo, vuelvo y voy. Puertollano, nunca estuve en Puertollano pero estuve a punto de ir una vez. Las Redes Sociales todo el día quejándose con malicia. De este mundo no salimos vivos.Alucinante es ver que aún me quede mucho, después de las guerras horribles de Yugoslavia en el 96 y de ver formarse a la Unión Europea que cómo De Gaulle decía iba a tomar cómo suyos los países de Europa del Este...¡Alucinante es ver o haber visto el final del muro de Berlín, la disolución de la URRSS y el final de la Guerra Fría...¡Y que nada haya servido para nada! ¡Estamos cómo al principio o peor! Alucinante haber vivido los años duros de la droga en España los yonis y los tiros y el SIDA para que ahora viajes a Cantabria y no veas más que yonis en la playa ( en invierno)...¡Alucinante que la droga vuelva y las enfermedades venéreas y la Guerra Fría y la amenaza de la tercera guerra mundial! ¡Alucinante que Kaliningrado sea otra crisis de los misiles de Cuba! ¿Hemos aprendido algo?El recuerdo viene. El recuerdo viene con el olor del campo. El olor del campo me recuerda el olor de la sierra de un pueblo del sur de España. En aquel lugar yo era feliz. Yo era feliz desde luego. Desde luego yo era feliz. Sin duda lo puedo contar ahora. De momento puedo seguir recordándolo. El olor del campo me recordó al olor de la sierra, de la sierra de un pueblo del sur de España. Mis padres se habían comprado una casa allí. Cuando tenías calor de estar en la playa podías irte a la montaña. Eras muy feliz.
Estabas escolarizado, luego estabas en el instituto, luego en la universidad...estabas estudiando siempre y sabías que tenías derechos y deberes, obedecías a tus padres porque estabas bajo su potestad. Es lo mejor. Ahora lo recuerdo y aunque no fue plato de gusto por mi parte considero que fue lo mejor. Nunca fui un delincuente gracias a que tenía que atender a mis estudios y me fue medio bien. Nunca fui un delincuente porque me gustaba el arte, nunca fui un delincuente porque me gustaba la poesía, nunca fui un delincuente porque siempre estaba enfrascado en la lectura, porque me gustaba la literatura...y aunque yo era muy salvaje siempre los estímulos culturales me salvaron de llevar una vida al límite. Sin embargo mis tardes en la sierra fueron un soplo de libertad, un soplo de libertad...genial. Lo pasaba bien, con el aire fresco de la tarde, con el aire fresco de la tarde todos los días...un vientecillo de libertad, con muy buen tiempo...se estaba muy a gusto en camiseta y bermudas con unas chanclas...y salías a tomarte unas cervezas, unas cervecitas...y te llevabas un libro y leías algo o llevabas una libreta y escribías algo, poemas, relatos...¡Eran todos mis excesos...y fui feliz así! Buen tiempo, ropa cómoda, algo de lectura, algo para escribir...y el viento de la sierra que se mezclaba a veces con la brisa del mar...y unas cervecitas frescas mientras mirabas los olivos y la huerta cercana en aquel bar de la sierra de aquel pueblo del sur de España que empezó llamándose el bar del Antonio y acabó llamándose el bar de la inglesa. Seis horas me pasé una vez allí, de lo a gusto que estaba...¡Los tiempos de la adolescencia y de la primera juventud!
Los primeros recuerdos con doce y trece años, haciendo allí una moraga con mis primas. Luego, más tarde, ir solo con quince y veinte años y en esos años también estar con algún amigo, pero amistades pocas, quizás uno, un amigo...y luego ya con la expansión de los sentidos a partir de los veinte años pandillas de chicos y chicas y yo con una pandilla de amigos ahí de nuevo y luego todo cambia y vuelves a estar solo con un amigo y luego vienen años en los que hay dos o tres amigos y de repente vuelves a estar solo en aquel bar, a tu bola y todo es cómo cuando eras adolescente...¡A día de hoy soy muy feliz pero he pasado unas épocas muy malas, lo mismo que le ha pasado a todo el mundo, la vida son fases, la vida son etapas!
Pero siempre tendré un buen recuerdo de aquel bar de la sierra.
¡No llegan los recuerdos ordenados! Hay varias personas que he sido, hay varias personalidades...está primero el chico alegre y simpático con una gran fuerza y juventud y mucho ánimo y ganas de comerse el mundo, el chico que disfrutaba de la soledad porque estaba conectado a todo y era mágico y efervescente y terriblemente imaginativo. Luego hay otro yo más maduro y más serio con cierta pesadumbre ya y demasiado intelectual, un chico más triste y serio y algo pesimista cargado con los problemas del mundo que llevaba jerséis grises de punto y pantalones Levis negros, que se compró unas gafas de ver aunque realmente no le hacían falta sólo para parecer más intelectual. Los años de abundantes y provechosas lecturas y de llevar muy bien los estudios. Después está el yo de la expansión de los sentidos, erótico, demasiado interesado por el sexo, con ganas de experimentar cosas nuevas y algo sarcástico cómo resultado de una mezcla de todo lo anterior y al final el yo esotérico pasado de vueltas cuyo sarcasmo por todo lo anterior se ha convertido ya en una nota discordante algo psicotizante, el yo extraño pero muy comunicativo y casi genial. Ese yo que escribía poemarios en el bar de la sierra ya completamente solo después de haber pasado por la agradable compañía de un amigo de fatigas y penas y después de haber sido miembro de un grupo animado de jóvenes y entre medias el yo más selectivo con dos o tres amigos encarando la vida con responsabilidad. Los mejores años fueron los del principio, cuando estaba más fresco, cuando realmente no sabía nada de la vida ni estaba maleado y vivir era una gran ilusión y se tenía todo un futuro por delante que se adivinaba dichoso y brillante. Después, cuando las cosas no fueron así, surgió otro yo y al final todo son etapas y fases de tus muchas personalidades a través de los días, los meses y los años pero siempre el mismo bar y siempre allí feliz.
Pero lo más curioso es que a través de todas las personalidades subsiste siempre un yo nonstálgico y evocador del pasado, ya con diecisiete años cuando estaba en el instituto recordaba bebiendo a los amigos del colegio a los que nunca más volví a ver, y recordaba con tristeza cómo empecé a fumar con ellos y también las verbenas de los colegios y las primeras fiestas en discotecas que no eran discotecas sin alcohol porque eso no existía todavía. Recordaba las primeras llamadas a chicas a casa de sus padres en las que tenías que hablar primero con la madre de la chica porque los teléfonos móviles todavía no existían. Recordaba esos días sin móviles en los que llamabas a una chica y si ya había salido ya no la veías hasta el día siguiente. Las cosas se hacían con más calma, con más control, las tecnologías no han traído sino mucho estrés. Luego, ya con veinte años, recordaba a los amigos que se habían enrolado en el ejército y con los que perdí el contacto también, siempre estabas recordando a alguien que se fue, a alguien que nunca más volviste a ver y no disfrutabas con los que tenías a tu lado y deberías haberlo hecho porque también ellos faltaron un día y la gente se va y no vuelve y entonces recuerdas los buenos ratos...¡Es decir siempre en el pasado, con los recuerdos evocadores y sin poder disfrutar del presente o disfrutando menos y tener la certeza de que se había vivido mucho sólo porque se recordaba todo, con detalle! Pero creo que todo eso era por culpa del alcohol, el alcohol siempre trae recuerdos, te abre otra dimensión y en ella estás bien, pero bien atrapado. Dejé tres años de beber. Lo recuerdo. Y también estaba allí en el bar de la sierra con un Nestea o una Cocacola o una Bucler sin alcohol, años en los que, la verdad, me aburrí un poco...las lecturas eran libros de autoayuda, autoconocimiento y filosofías orientales para la muerte del ego.  Lo dicho, que me aburrí un poco. Los poemas...ninguno salía bueno.
¡Vamos a ver, a los 29 años empecé a quedarme calvo y ya con treinta años estaba calvo casi del todo! Realmente el joven que fui desde muy adolescente duró más o menos lo que tardé en quedarme calvo, luego ya tuve una apariencia y una forma de ser mucho más seria y comedida y se podía decir que yo con 30 años ya era una persona madura, justo cuando se me cayó el pelo. A los treinta años es cuando me echo una novia formal por primera vez en la vida, después de sólo haber tenido amoríos, affaires, aventuras y rollos y también eso que muchos llaman "amiga especial"...ya fue otra vida a partir de los treinta años, el yo más serio y responsable emergió. Se trataba de otras vivencias, de otros haceres, de compartir, de ser dos. A veces pienso que todos los jóvenes deberían quedarse calvos, eso imprime seriedad y carácter y hace que repasemos y revaloremos nuestra vida y sí, definitivamente, quedarse calvos nos hace más formales. Con el tiempo he llegado a considerar a mi "amiga especial" cómo otra novia, por todo lo que nos unió entonces y todo lo que vivimos. La compañía femenina entonces se prolonga desde poco más de los veinte hasta casi los cuarenta años, en definitiva que no me puedo quejar...pero la verdad es que nunca he sido un ligón y siempre he sido más bien un tipo solitario, estando solo estaba bien, ganaba en serenidad, conmigo mismo estaba realmente bien.
Los servicios de prostitución fueron siempre para mi una ayuda inestimable y desde que los frecuentaba hasta los espacios en los que tenía pareja y no lo hacía hasta el regreso a los viejos hábitos putañeros cuando perdías novias y amigas especiales, he llegado a admirarme de lo bien que me resolvía siempre el problema sexual y a veces yo solito y sin nadie más y es curioso cómo he podido ser feliz así y no un día ni dos sino mucho tiempo: la prostitución tendría que estar regulada y legalizada.



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