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viernes, 24 de marzo de 2017

HUMO EN EL ESPEJO

Lucía se miró en el espejo, sentía el invierno entrar por la habitación. El humo de su cigarrillo empañaba el espejo y confundía sus rasgos armoniosos y femeninos. Lucía se sentía cómo flotar sin ninguna duda mientras el humo iba entrando y saliendo de la habitación cómo entraba y salía el invierno. Todas sus preocupaciones ya no estaban, todas sus preocupaciones ya no existían. Sentía que se estaba conociendo de nuevo, se miraba en el espejo y no era ya la misma persona que tiempo atrás, y no era ya la misma persona que meses atrás.

Retrocedió dos pasos hacia atrás y se preguntó por qué no le gustaban ahora los alimentos salados. Algo en ella estaba cambiando a nivel mental sí, pero también a nivel físico. Sin duda no era ya la misma persona. Se acercó a su imagen y echó en el espejo una nueva bocanada de humo. Sentía cómo el humo perfilaba y luego desdibujaba su imagen. De repente sintió calor y una especie de
felicidad. Lucía pensaba que de alguna manera se estaba volviendo loca, muchas veces se había sentido igual pero esta vez era distinto, esta vez la transformación se había completado.

Pensaba que la realidad no era más que eso: humo en un espejo. Pensaba sobre la realidad y cuánto más pensaba sobre la realidad más se alejaba de ella.

Entonces se dio cuenta de que se había estado reinventando a sí misma todo el año anterior, parecía que había pasado un siglo pero ella no quería pensar en el pasado y el pasado no era más que simplemente el año anterior todo lo demás eran cómo los recuerdos de otra persona, de una persona que ella no conocía, de una persona que ella no sabía quién era.

Pensó que ahora estaba todo perfecto, no sabía bien por qué pero pensaba que ahora todo estaba perfecto, todo estaba perfecto en su vida pero también en el mundo, lo que sucedía es que estaba pasando lo que tenía que pasar. Magia total y absoluta.

En ese momento Lucía percibió cómo su gata negra le miraba de forma extraña, la gata se acercó y lanzó un maullido ininteligible, un maullido que no quería decir nada.

Lucía vivía con su padre, un viudo jubilado bien conservado, y no había trabajado en toda su vida, en sus veintiséis años de vida no había trabajado jamás y tampoco tenía ningún interés por hacerlo. Vivía aislada del mundo exterior en su habitación, con un ordenador que se había quedado muy viejo hacía cientos de años y que sin embargo le servía para escribir y para conectarse a internet, aunque lo cierto es que internet le aburría bastante y ella se pasaba las tardes leyendo poesía. Con veinte años quiso ser poetisa pero lo dejó, le parecía una ocupación muy cursi y muy angustiosa. Ella guardaba con vergüenza algunos poemas que había escrito en un cajón, sin saber que eran muy buenos. Era la más pequeña de tres hermanos que se llevaban mucha diferencia de edad, su hermano mayor le doblaba la edad y entre el mediano y ella había más de siete años. Siempre pensaba que sus padres habían tenido hijos por accidente, que no los estaban buscando pero que al final la vida era así y había que adaptarse. También había abandonado los estudios y ya ni trabajaba ni estudiaba ni se relacionaba con la gente, tenía un par de amigas mayores que ella que en realidad eran el substituto de su madre tempranamente fallecida. Leer no leía mucho,  a no ser que fuera poesía, ni le gustaba la televisión y el cine, pasaba la mayor parte del tiempo echada, perdida en una quinta dimensión. Su padre pensaba de ella que era depresiva, pero lo cierto es que nunca se había encontrado mejor en la vida.

Todo cambió cuando conoció a Roberto, un cuarentón de barba cana ya, que tenía mucho interés por ser su amigo y que era un hombre muy extraño, ella pensaba mucho en él, le atraía y a la vez le inquietaba pero no estaba enamorada. Su padre, el padre de Lucía, le daba para tabaco y cafés, pero beber lo que es beber no bebía, es más: le repugnaba el alcohol, le hacía sentirse demasiado extraña, demasiado fuera de sí, por eso procuraba no beber siempre, incluso por compromiso.

No le importaba a Lucía nada de lo que pasase en este mundo, pues se encontraba fuera de él. No le importaba la moda ni la religión ni la política ni la crisis ni la tercera guerra mundial. Realmente no le importaba nada, se sentía apática y distante, no interactuaba con el medio, ni siquiera por internet. En cierta manera ella se sentía por encima de todo y de todos, y esa conciencia de superioridad terminaba por aislarla.

Pero haber conocido a Roberto activaba una zona de su mente que no conocía, Roberto la estimulaba intelectualmente pero no en una dirección conocida. Todo era confuso pero agradable. Todo ello la llevaba a sentirse mejor con ella misma y en paz con el mundo, paradójicamente también hacía que disfrutase más de su soledad.

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